Inesperada cita en la Anunciación

00-soledad.jpgLa lluvia quiso ser protagonista y juntó a dos Soledades en la Anunciación empañando una jornada en la que la Trinidad y los Servitas se dieron la mano por San Pedro, y Alfonso XII, abarrotado, veló el discurrir del Santo Entierro.

En la esquina del Duque, un hermano costalero comenzó la ceremonia de enfundar a la Soledad de San Lorenzo en un plástico. Las primeras gotas y el pronóstico de un frente inmediato obligaban a actuar rápido. Las puertas de la Anunciación estaban ya abiertas, cuando la lluvia incrementó su intensidad. Ahí tuvieron los pies de plomo para conservar la calma, mientras que las decenas de personas que presenciaban la escena sufrían por un patrimonio que no era suyo, pero a la vez era de todos. Despejada de sillas la Campana, el martillo del capataz avisaba. Paso ligero, más allá del de mudá. Compás largo al tiempo que el agua arreciaba y limpiaba de público el Duque. Enganchón en una de las vallas y frenazo en la huida. Vuelta atrás y arrancada firme hasta doblar la esquina en una revirá que pareció eterna. No había tiempo para respirar. La titular de San Lorenzo pasó casi en un visto y no visto por la calle Laraña. A las puertas de la iglesia de acogida aguardaba otra soledad, la de los Servitas, que poco antes había dado media vuelta en busca de refugio. El techo del palio aguantaba el aguacero. La de San Lorenzo recibía la lluvia casi de plano. Enfrentadas, el turno, entre paraguas abiertos y cuerpos mojados, fue para la desprotegida madre a la que le arrebataron su hijo. Con pies ligeros, la revirá hizo que viera el interior de la casa de Dios. Rampa arriba, el camino estaba despejado para la virgen de la Capilla de los Dolores. Hermanos y músicos empapados presenciaban como el agua acumulada caía a raudales producto del desnivel del acceso a la Anunciación. La cola del manto quedó impregnada, la imagen estaba a salvo, el Sábado Santo, condenado.

Nadie, a pesar de las previsiones, vaticinaba este final cuando los Servitas aparecían junto al monumento de Santa Ángela. La madre mostraba a su hijo en una escena captada por cientos de objetivos. Una composición imposible como previo a un palio inmaculado que luego sufriría las inclemencias del tiempo.

Paciente, aguardaba la cruz de guía de la Trinidad. Dios, padre e hijo, y Espíritu Santo representaban una alegoría que la Justicia apenas quería ver. La posterior estampa del crucificado llenó de plasticidad la Plaza de San Pedro, mientras que la quinta Esperanza, protectora de la Policía Local, asomaba medio iluminada por el sol con Santa Catalina al fondo.

Expectación en el Santo Entierro

Por entonces, la calle Alfonso XII estaba próxima al colapso. Decían los habituales que nunca antes habían visto a tanta gente en la salida del Santo Entierro. Las apreturas hicieron mella en una quinceañera, que buscó refugio en una pared para mitigar el mareo. Restablecida, en principio, y con el ruego de su madre ante la intransigente fila de público, emprendió el camino de la liberación, no sin la ayuda de un policía que tuvo que abrir paso. La chiquilla aflojó las piernas y descendió al suelo. El agente intervino y la cogió en volandas entre el aplauso general. Salvada la criatura, regresó el representante de las Fuerzas del Orden y recibió una nueva ovación que le sacó los colores.

La anécdota ameniza la espera y, con dos gotas, los cabildos reunidos en San Lorenzo y Alfonso XII alimentan el rumor de que el Sábado Santo iba a quedar abortado. El cielo es azul y las hermandades asumen el riesgo. Una canina abre el cortejo, donde cofradías y autoridades civiles, religiosas y militares están presentes. El Señor, yacente en una urna, avanza entre el rumor general. Se echa de menos el silencio. El Duelo es rematado por la Banda del Acuartelamiento Aéreo de Tablada.

Lo que vino después, ya lo habéis leído. La Semana Grande ha terminado.

Así lo cuenta El Correo de Andalucía, Diario de Sevilla y ABC de Sevilla.

 

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