La Semana Santa trasciende más allá de la esfera puramente religiosa, incorporándose a la celebración fieles no católicos que participan con fe en la tradición cultural de la que forman parte.
Las hermandades y la Semana Santa –la Pasión según Sevilla- tienen una razón de ser eminentemente católica, aunque no excluyente de otras sensibilidades tradicionalistas y culturalistas. Desde el más absoluto respeto y comprensión al original sentido religioso, se han ido incorporando fieles que no comulgan necesariamente con los mensajes de la Iglesia y sus representantes, y que tampoco echan de menos a Dios.
Más allá de lo que les separa, los hermanos católicos y no católicos comparten y están unidos por una serie de aspectos que, aunque difieren levemente en su interpretación, en ambos casos forman parte de sus vidas.
Las imágenes que veneran en sus cofradías son representaciones vivas de una espiritualidad superior en la que vuelcan su fe. Los titulares son, por un lado, símbolos –como la bandera o el escudo- de una comunidad a la que el hermano pertenece; y por otro, patrimonio histórico artístico que desea defender y conservar, sea o no creyente.
Vírgenes y Cristos aparecen como los grandes activos de la Hermandad –con mayúscula-. Una vez más, a través de las imágenes, se da el fenómeno psicológico de identificación con el grupo, aquel con el que les vincula un ideal de fraternidad y de acción social inspirado generalmente en valores tan humanos como la solidaridad.
Si bien durante todo el año los titulares se encuentran en las iglesias y capillas para que devotos, en general, y hermanos, en particular, le muestren su adhesión; si bien la Hermandad funciona y está activa permanentemente; es a partir de la Cuaresma cuando el pulso cofradiero comienzan a latir más apasionadamente a la espera de la llegada del gran día, ese que le permitirá ponerse en la calle y acompañar en procesión a sus imágenes. Católico o no católico, el sentimiento es compartido y se ve reflejado en una Estación de Penitencia en la que unos, en voto de silencio no siempre cumplido, rezan; y otros, en el mismo sentido pero con motivación causal distinta, abren un periodo de reflexión personal.
Dado que pesan más los aspectos que unen que los que diferencian, es necesario abrir públicamente la Semana Santa a todos, incluso a aquellos no católicos que la sienten como algo propio y como parte de su vida, de su cultura y de su forma de ser. Hoy, es preciso sacar de la clandestinidad a aquellos que cada primavera, a pesar de pensar que Dios existe sólo porque vive en los corazones de sus correligionarios, se ponen con honestidad túnica y antifaz para seguir a los titulares de su Hermandad.
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