La selección nacional de fútbol, con Luis Aragonés al frente, se proclama campeona de Europa después de romper todos los tópicos. Jugar bien y ganar son conceptos compatibles.
Corría el verano de 1984 cuando la selección de los Maceda, Camacho, etc. se clasificaba para disputar la final de la Eurocopa frente a Francia, el anfitrión. Veníamos del fracaso del Mundial España 82, pero entonces, igual que ahora, el combinado nacional había aparcado todo su fatalismo –gol en el último minuto frente a Alemania, billete para disputar el título después de una tanda de penaltis contra Dinamarca- hasta llegar a la final. Y allí todo volvió a ser como era. Una falta al borde del área lanzada por Platini se colaba por debajo del cuerpo de Arconada, que había realizado un campeonato excepcional, y rompía todas las ilusiones.
Andrés Palop tenía en su cabeza aquel verano de 1984 y a su admirado Arconada. Cuando vi al guardameta del Sevilla con aquella indumentaria, se me cruzaron en la mente varias imágenes. La primera, el gol encajado por Arconada, presente ayer en la final de Viena; la segunda, la orgullosa afirmación del actual propietario de aquella camiseta, que contaba a todo aquel que tenía oídos que él guardaba la camiseta que su admirado Arconada llevó en la final del 84. Pronto, cabo tras cabo, até el camino que había seguido la prenda hasta ajustarse al cuerpo de Palop.
Fue una noche de recuerdos. Sergio Ramos, al igual que hiciera cuando celebró el título liguero con el Real Madrid, se puso la camiseta blanca con el 16 a la espalda y la foto de su amigo Antonio Puerta en el pecho. El camero, ajeno a todo protocolo, aparcó la roja y gualda para anudarse a la cintura la verde y blanca adornada con el escudo de un Hércules dominador de las fieras por la fuerza de la razón. Sergio no es sospechoso de nada, por eso lucir la bandera de Andalucía no tiene ninguna segunda lectura más allá del “por sí, para España y la Humanidad”.
Acabó el tópico de la imbatibilidad italiana, de la rentabilidad de su racanería productiva. Adiós al gafe de los cuartos de final. Saltó por los aires la fortaleza alemana, ganadora de todo y perdedora de nada. Quedó zanjado el debate que obligaba a elegir entre jugar bien y ganar, como si de conceptos antagónicos se tratase. Triunfo el fútbol, en caja alta, y los del balompié cumplieron con una deuda sonrojante, pues, con toda su grandeza, habían sido incapaces de seguir el camino emprendido antes por el waterpolo, el hockey hierba, el hockey patines, el hermano menor del fútbol sala, el balonmano, el baloncesto y el voleibol.
La línea que separa el éxito y el fracaso es muy fina. En este caso, el trazo más claro quedó dibujado en la tanda de penaltis frente a Italia. Cualquier cosa hubiese podido suceder en aquella suerte suprema. Si la moneda hubiese salido cruz, escribiríamos que siempre pasa lo mismo, que Luis Aragonés se equivocó al viajar sin bandas, que sus cambios eran los mismos y cómo se atrevía a quitar a Torres y Xavi, que está muy mayor, que tenía la cabeza en Turquía más que en la selección, que con tanto ‘toca-toca’ no se va a ningún lado: hay que ser más verticales, pero… el resultadismo reinante ha elevado a los altares a los 23 héroes, al mal llamado Sabio de Hortaleza y a todo su equipo de trabajo.
Más allá del hecho objetivo del título –consecuencia-, está el subjetivo. España ha marcado un estilo de juego, ha sido fiel a éste y la providencia ha querido que tenga el premio de la victoria. Tratar con cariño el balón, apostar por el toque, por el fútbol de ataque, tiene sus riesgos. Sólo se puede asumir este estilo si se junta una generación de peloteros capaces de ponerlo en marcha y un seleccionador que otorga la confianza necesaria para ejecutarlo.
(Imagen tomada de www.as.com)
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